martes, 16 de diciembre de 2008

Juan Salvador Gaviota o la importancia de volar por volar.

No se trata de conseguir volar realmente. O de hacerlo bien. Se trata de soñar con que puedes. No se trata de volar para comer. Se trata de volar por volar. Aunque no se vaya a ningún sitio. No se trata de seguir a la bandada, sino de ser un marginado, que hoy en día es un honor. Se trata de volar hacia alta mar feliz y hambriento. Se trata de que me lo crea. Se trata de que la gente de mi alrededor se lo crean. Vale, papá y mamá me dicen que vuele para comer... El resto que me mientan o que se callen por favor. Bastante bandada hay ya, y hacen mucho ruido. Si alguien de mi alrededor me dice que coma y no vuele, que se lo ahorre, es lo que hago. Ya lo sé. Mentidme todos, el mundo es de color de rosa (o rojo, que me gusta más), y la magia existe. El ataque preventivo de realidad os lo guardais. No soy loco, ya sé que todo es mentira.


La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas de vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.

Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con que uno se hace popular entre los demás pájaros. Hasta sus padres se desilusionaron al ver a Juan pasarse días enteros, solo, haciendo cientos de planeos a baja altura, experimentando. […]
--¿Por qué, Juan, por qué? -preguntaba su madre-. ¿Por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? ¿Por qué no dejas los vuelos rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no comes? ¡Hijo, ya no eres más que hueso y plumas!
--No me importa ser hueso y plumas, mamá. Sólo pretendo saber qué puedo hacer en el aire y qué no. Nada más. Sólo deseo saberlo.
--Mira, Juan -dijo su padre, con cierta ternura-. El invierno está cerca. Habrá pocos barcos, y los peces de superficie se habrán ido a las profundidades. Si quieres estudiar, estudia sobre la comida y cómo conseguirla. Esto de volar es muy bonito, pero no puedes comerte un planeo, ¿sabes? No olvides que la razón de volar es comer.

Juan asintió obedientemente. Durante los días sucesivos, intentó comportarse como las demás gaviotas; lo intentó de verdad, trinando y batiéndose con la Bandada cerca del muelle y los pesqueros, lanzándose sobre un pedazo de pan y algún pez. Pero no le dió resultado.

Es todo inútil, pensó, y deliberadamente dejó caer una anchoa duramente disputada a una vieja y hambrienta gaviota que le perseguía. Podría estar empleando todo este tiempo en aprender a volar. ¡Hay tanto que aprender!

No pasó mucho tiempo sin que Juan Salvador Gaviota saliera solo de nuevo hacia alta mar, hambriento, feliz, aprendiendo.


Richard Bach, "Juan Salvador Gaviota", 1970.

2 comentarios:

Penélope dijo...

Ataque de idealismo agudo. Que degenera en síntomas crónicos de decepción galopante. Entonces se comienza a volar para huir o encontrar, y se deja de volar por el simple hecho de hacerlo, que a veces es placentero, y otras desalentador.

Casi, pequeño poeta frustado, casi...como la vida misma.

Abrazos.

Alejandro dijo...

Por favor, ya sólo necesito lo que dice la canción; "quiero palmas, que acompañen ami alma". No puedo ni con un análisis un poco serio de nada. Sólo quiero que me mintaís todos; que si, que qué bonito es subir; y dejarse caer; y ver cómo el aire te mueve las plumas; qué bonito se ve todo desde arriba... Sólo volar, o mejor dicho, soñar con volar, que sí, que se puede.

No quiero nada de realismo extra. Ya tengo indigestión.