martes, 10 de febrero de 2009

El lobo y el cervatilo (parte III)












El lobito vegetariano y el cervatillo inocente vivieron felices. No cruzaron los dedos porque no podían pero cerraron los ojos muy fuerte. Uno para que no sucediera que ese lobito no fuera un animal cualquiera, el otro para no verse un día con los dientes ensangrentados. Uno le lamió las heridas, el otro le enseñó los claros más bellos del bosque. Uno aullaba de placer a la luna, el otro se sentía por fin feliz. Dormían juntos, acurrucados el uno junto al otro, dándose calor, porque en ese bosque hacía mucho frío. Juntaban sus naricillas, ronroneaban como gatitos, movían sus rabos, se daban de comer. Se alimentaban y se admiraban. Se sentían los animales más felices y daba igual que fueran la extraña pareja. Soñaban juntos con otro bosque aún mejor, lleno de mariposas y flores, con más calor... Pero vivían. Con mayúsculas. Se hacían promesas de protección eterna, porque quizás, al fin y al cabo... ellos, que habían sido el cervatillo sólo y mordido y el lobito peligroso, no habían nacido para ser felices.

Por eso el lobo le dijo un día "no sé... quizás con otro cervatillo serás más feliz". A lo que el cervatillo contestó "no hay cervatillos, no los he visto, quiero que seas tú". Por eso el cervatillo le dijo otro día "si quieres seguir a la manada y eres feliz así, no dudaría en quedarme sólo otra vez". Y el lobo le mandaba callar.


Y lo cierto es que el miedo entró en ese bosque como un mal presagio. Antes sólo vivían pero vivir con miedo es vivir a medias. Empezaron a mirarse en los charcos. No habían parado a mirarse a sí mismos antes. Y el cervatillo vió a su lado un animal con dientes hermosos y ojos que no mentían; pero colmillos afilados y ojos que brillaban en la oscuridad. Y el lobo vió a su lado un animal bello y débil al que proteger... pero con carne sabrosa. Y él se reconoció. Sí, no era un lobito bueno, porque los lobitos buenos no existían. Y si existían, no se acercaban a la carne.

Desde entonces, la extraña pareja comenzó a hacerse más promesas. “Siempre que me necesites, aúlla”, le dijo el cervati. “Siempre que te muerdan, búscame”, le dijo el lobo. “Me gustas porque eres como yo, a nadie le gusta oler las flores y mirar a la luna conmigo”, le dijo el cervatillo. “Lo que no quieres decir es que ya sabes que los lobos también mordemos”, calló triste el lobo. Y sólo dijo "Ojalá un día por fin tengas buena suerte".

Y cuando también se puso triste el cervatillo y adivinó el adiós tan lento y doloroso... y habló de que el lobo dejaría marca en su vida... éste se acordó de que le gustaban sus dientes.

1 comentario:

Penélope dijo...

Joder, esto se está poniendo melancólico, como la vida misma, como las parejas mismas, y me gusta. Pero no me gusta que me guste.
Cuando la sombra del dolor planea sobre nuestras cabezas...a algunos nos atrapa. Pero no es una actitud sana. Ese cervatillo y ese lobo están condenados.
Bueno...no sé.
Voy a seguir leyendo.